Por: Christopher Muro
Augusto Castro Ramírez es un hombre al que la vida le ha sonreído. Había cumplido 75 años de edad y gozaba de una jubilación pensionable. La edad no había degenerado su carácter, prueba de ello era que sus familiares y también los ex compañeros del Consejo Provincial de Chiclayo, institución a la que dedicó más de 30 años de su vida, lo buscaban religiosamente en algún momento del día para divertirse con sus ocurrencias.
También gozaba de fama como docente de matemáticas en la ya desaparecida escuela nocturna “José Balta”. Él recordaba que por esos años no existían las computadoras, que hoy nos hace a todos la vida mucho más fácil, sino en su lugar había las viejas y obsoletas máquinas de escribir.
En aquellos días fue a un curso de mecanografía para que aprendiera a “teclear” (no a digitar) mucho más rápido un documento, y posteriormente dar una mejor atención al momento de presentar los trámites e informes municipales del día.
Un trágico martes por la mañana, él se disponía a tomar su desayuno, cuando de repente cayó tendido sobre el frío piso de la sala. Su esposa corrió rápidamente a socorrerlo y trasladarlo al Hospital Nacional “Almanzor Aguinaga Asenjo”. La sala de espera estaba colapsada y no había lugar alguno donde uno pudiera sentarse. El médico internista examinó al paciente y dijo que presentaba un cuadro de hipertensión arterial por lo que necesitaba una tomografía y un electrocardiograma de urgencia.
Esa mañana un aguerrido Augusto Castro llegó al servicio de neurología del hospital viejo -así llaman al antiguo hospital del seguro social- estuvo ahí internado por 4 días, luego lo trasladaron al servicio de geriatría del hospital para que se terminara de recuperar.
Después de casi dos largas semanas de tensa calma salió totalmente recuperado y con una gran sonrisa dibujada en el rostro.
Don Augusto, mi abuelo, había vuelto a ser el mismo.
En estos momentos es cuando uno se pone a pensar, que importante es valorar y saber reconocer a otras personas. La vida es como una caja de sorpresas, nunca sabes qué te puede tocar.
Pensar en la pérdida de alguien querido nos lleva a mirar rápidamente a las personas en su conjunto, su valor humano y vital así como la forma en que otros observan las acciones que hicimos durante el transcurso de la vida.
viernes, 20 de junio de 2008
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