Por:
Lady Chávez Zamora
(Texto Narrativo)
Lejos del bullicio y excentricismo de la capital, se encuentra Quinay, un pueblo marcado por el terrorismo en la década de los 80. En aquél tiempo, los moradores eran sometidos a maltratos y asesinatos impunes de hombres, mujeres y niños ajenos a sus causas revolucionarias extremistas de una “patria nueva”. Una huella viva de lo acontecido es Teresa Amantay, que a la edad de 6 años fue testigo de la ejecución de sus padres y hermanos mayores al intentaban escapar de la iglesia donde les mantenían apresados.
Poco me acuerdo, pero sí de algunas cosas que revivo en mis pesadillas. No sé porque salí con mi madre de la casa pero al caminar, observamos varios hilos de humo negro que oscurecían el cielo, la gente que circulaba se aturdió, y empezaron a despejar las calles corriendo y gritando ¡vienen los demonios, malditos! ¡Sálvense , sálvense¡ y en ese instante sentí mi brazo jaloneado bruscamente, no tardé en darme cuenta que fue mi padre, quien apareció de la nada, para llevarnos a mamá y a mí a la casa. Al estar adentro quise refunfuñar por mi brazo adolorido, me acerqué a mi madre, que al igual que mi padre se mostraban angustiados, de pronto noté la ausencia de Pablo y Wilson, mis hermanos mayores, que desde muy temprano marcharon a la escuela ubicado a afueras del pueblo. Papa, mamá y yo estuvimos en la casa escondidos por los sacos de papas amontonados en la cocina, posiblemente un par de horas, no sé cuantas, pero muy atentos a cualquier indicio terrorista cerca de la casa. Escuché a papá susurrarle a mama algo como, en vano estábamos escondidos, debemos escapar y después hallar la forma de buscar a los muchachos, no hubo respuesta de mama, todo quedo en total silencio.
Al quedar dormida por unos minutos, escuche algunos cantos improvisados, todos alusivos a su líder. Cada segundo que pasaba les acercaba a nosotros y el miedo se hacía más intenso que me penetraba a los huesos, no podía estar tranquila temía que me escucharan con solo respirar. Las caricias temblorosas de mi madre me rodeaban por todas partes, intentando apaciguar mis exaltados nervios.
La hora había llegado, debimos escapar desde un principio, sin embargo ya no iba al caso, era demasiado tarde, tendríamos que ser fuertes para afrontar nuestro destino, y encomendarnos al altísimo. Yo contaba en mi mente y papa suavemente me hablaba, no recuerdo lo que dijo, pero me apretó a su pecho ,justo cuando la puerta era derribada con violencia por un grupo de cinco a seis personas cubierta el rostro con pasamontañas, quienes tiraron a mis padres al suelo para amararlos. Sin desprenderme de la falda de mi madre fuimos llevamos a la plazuela apuntados con armas como si fuéramos avezados criminales. Por lo que me acuerdo reunieron a mucha gente, todos se veían asustados, en ese momento escuchamos incontables chasquidos de balas acompañados de gritos desgarradores.
Casi se estaba acabado la tarde y yo tenía mucha hambre, aun así un pequeño movimiento podría ser lo último que haga, por el simple hecho de interpretarse como un intento de escape. No tardo en caer la noche congelándome la sangre, hasta que mostraron piedad y fuimos conducidos a la iglesia de San Clemente, donde se encontraban algunas personas, pero pudimos reconocer a mis hermanos que con dificulta se acercaban adoloridos hacia nosotros.
Papá se mantenía calmado y se alejó de nosotros sin darnos cuenta al principio, preguntándome porque mira fijamente al altar de la iglesia como estupefacto o hipnotizado. Deje de ver a papa y caí agotada al regazo de mi madre quien acobijaba a su lado a mis demás hermanos.
Me despertaron cuidadosamente sin ningún ruido, y cargada por papa quien nos llevo a un angosto túnel oculto por debajo del altar, constatando el resguardo externo de la iglesia. Al introducirnos más al túnel, caminábamos a ciegas por la oscuridad, intente ser fuerte para no llorar y decidí contar en mi mente hasta percibir la luz, en ese instante aceleramos el paso y corrimos hacia la salida, una vez fuera seguimos corriendo sin parar. Papa era muy veloz parecía que resbalaría de sus brazos, hasta ocultarme en unos espesos arbustos, el me ordeno que no mueva hasta que volviera con mama y mis hermanos, regreso a buscarlos viendo a lo lejos como se perdió su silueta en la espesa niebla. Contando sin cesar, espere por mucho tiempo apreciando la aurora del cielo, me levante y camine por donde papa se dirigió y conforme me acercaba, vio a lo lejos un grupo de terroristas armados al frente otro grupo menos numeroso, entre ellos mis padres y algunos de los que cruzaron el túnel. No tardaron más de minutos para dispararlos a todos, pero cada instante de lo que veía era insoportable, lento y macabro al momento de ser acribillados. Siempre que me acuerdo de ellos es como un puñal amargo y doloroso, que habré siempre la herida de mi corazón y no encuentro consuelo en la justicia porque no me devolverá a los seres que perdí en la vida.
Lady Chávez Zamora
(Texto Narrativo)

Lejos del bullicio y excentricismo de la capital, se encuentra Quinay, un pueblo marcado por el terrorismo en la década de los 80. En aquél tiempo, los moradores eran sometidos a maltratos y asesinatos impunes de hombres, mujeres y niños ajenos a sus causas revolucionarias extremistas de una “patria nueva”. Una huella viva de lo acontecido es Teresa Amantay, que a la edad de 6 años fue testigo de la ejecución de sus padres y hermanos mayores al intentaban escapar de la iglesia donde les mantenían apresados.
Poco me acuerdo, pero sí de algunas cosas que revivo en mis pesadillas. No sé porque salí con mi madre de la casa pero al caminar, observamos varios hilos de humo negro que oscurecían el cielo, la gente que circulaba se aturdió, y empezaron a despejar las calles corriendo y gritando ¡vienen los demonios, malditos! ¡Sálvense , sálvense¡ y en ese instante sentí mi brazo jaloneado bruscamente, no tardé en darme cuenta que fue mi padre, quien apareció de la nada, para llevarnos a mamá y a mí a la casa. Al estar adentro quise refunfuñar por mi brazo adolorido, me acerqué a mi madre, que al igual que mi padre se mostraban angustiados, de pronto noté la ausencia de Pablo y Wilson, mis hermanos mayores, que desde muy temprano marcharon a la escuela ubicado a afueras del pueblo. Papa, mamá y yo estuvimos en la casa escondidos por los sacos de papas amontonados en la cocina, posiblemente un par de horas, no sé cuantas, pero muy atentos a cualquier indicio terrorista cerca de la casa. Escuché a papá susurrarle a mama algo como, en vano estábamos escondidos, debemos escapar y después hallar la forma de buscar a los muchachos, no hubo respuesta de mama, todo quedo en total silencio.
Al quedar dormida por unos minutos, escuche algunos cantos improvisados, todos alusivos a su líder. Cada segundo que pasaba les acercaba a nosotros y el miedo se hacía más intenso que me penetraba a los huesos, no podía estar tranquila temía que me escucharan con solo respirar. Las caricias temblorosas de mi madre me rodeaban por todas partes, intentando apaciguar mis exaltados nervios.
La hora había llegado, debimos escapar desde un principio, sin embargo ya no iba al caso, era demasiado tarde, tendríamos que ser fuertes para afrontar nuestro destino, y encomendarnos al altísimo. Yo contaba en mi mente y papa suavemente me hablaba, no recuerdo lo que dijo, pero me apretó a su pecho ,justo cuando la puerta era derribada con violencia por un grupo de cinco a seis personas cubierta el rostro con pasamontañas, quienes tiraron a mis padres al suelo para amararlos. Sin desprenderme de la falda de mi madre fuimos llevamos a la plazuela apuntados con armas como si fuéramos avezados criminales. Por lo que me acuerdo reunieron a mucha gente, todos se veían asustados, en ese momento escuchamos incontables chasquidos de balas acompañados de gritos desgarradores.
Casi se estaba acabado la tarde y yo tenía mucha hambre, aun así un pequeño movimiento podría ser lo último que haga, por el simple hecho de interpretarse como un intento de escape. No tardo en caer la noche congelándome la sangre, hasta que mostraron piedad y fuimos conducidos a la iglesia de San Clemente, donde se encontraban algunas personas, pero pudimos reconocer a mis hermanos que con dificulta se acercaban adoloridos hacia nosotros.
Papá se mantenía calmado y se alejó de nosotros sin darnos cuenta al principio, preguntándome porque mira fijamente al altar de la iglesia como estupefacto o hipnotizado. Deje de ver a papa y caí agotada al regazo de mi madre quien acobijaba a su lado a mis demás hermanos.
Me despertaron cuidadosamente sin ningún ruido, y cargada por papa quien nos llevo a un angosto túnel oculto por debajo del altar, constatando el resguardo externo de la iglesia. Al introducirnos más al túnel, caminábamos a ciegas por la oscuridad, intente ser fuerte para no llorar y decidí contar en mi mente hasta percibir la luz, en ese instante aceleramos el paso y corrimos hacia la salida, una vez fuera seguimos corriendo sin parar. Papa era muy veloz parecía que resbalaría de sus brazos, hasta ocultarme en unos espesos arbustos, el me ordeno que no mueva hasta que volviera con mama y mis hermanos, regreso a buscarlos viendo a lo lejos como se perdió su silueta en la espesa niebla. Contando sin cesar, espere por mucho tiempo apreciando la aurora del cielo, me levante y camine por donde papa se dirigió y conforme me acercaba, vio a lo lejos un grupo de terroristas armados al frente otro grupo menos numeroso, entre ellos mis padres y algunos de los que cruzaron el túnel. No tardaron más de minutos para dispararlos a todos, pero cada instante de lo que veía era insoportable, lento y macabro al momento de ser acribillados. Siempre que me acuerdo de ellos es como un puñal amargo y doloroso, que habré siempre la herida de mi corazón y no encuentro consuelo en la justicia porque no me devolverá a los seres que perdí en la vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario