Por:
Yarita Camacho Aguilar
(Texto Narrativo)
Al pasar, sus lágrimas corrían sobre su rostro, él se encontraba sentado con las rodillas pegadas al pecho. Me acerqué simultáneamente a preguntarle lo que sucedía; peo él no me contestó.
Eran aproximadamente las nueve de la noche, el frío intenso laceraba nuestra piel. Miraba a alrededor a las personas que cruzaban, atajando su mirada sobre mí murmurando entre ellos. No me importó lo que la gente decía, me senté junto a él, limpié sus lágrimas que ya casi limpiaba su rostro sucio. Le comencé hacer infinidades de preguntas, pero él no me contestaba -que le pasará me preguntaba silenciosamente-. Quería ayudar, pero no sabía cómo. De repente se me ocurrió invitarle a pasear por las desoladas calles de aquella avenida, me miraba con un rostro de angustia; se encontraba un poco atemorizado. Me paré y él no dejaba de perderme de vista.
Agarró una pequeña bolsa de caramelos que tenía en manos y se paró; a donde vamos preguntó con una voz un poco ronca. Bueno soy nueva por acá, así que conozco muy poco,- le respondí airosamente-. ¡No conoces!, que pena por ti, y así estás andando sola por este lugar que es muy peligro ¿de dónde eres preguntó? poniéndose en marcha.
“Soy de un lugar muy lejos he venido para estudiar”. “Que bien” -dijo el niño. ¿Como te llamas? Le pregunte. Jesús como mi padre. Bonito nombre le dije, y arrancó una sonrisa - Por fin lo vi sonreír-. Nos acercábamos a un pequeño parque, pasábamos por una esquina y vimos una pareja de esposo con dos hermosos niños que jugaban sobre ellos; noté que su mirada se opacaba y comenzaron a caer nuevamente lágrimas que cubrían su rostro. Corrió hasta la otra esquina del parque y se quedó parado, volteando la mirada. Fui hacia él. En seguida le pregunté que sucedía. De igual manera con en el anterior, no me contestó.
Tomé su mano y lo lleve a una banca que precisamente se encontraba frente a nosotros. Ahí, Jesús me preguntó si tenía padres. No entendía por que me hacía esa pregunta; pero de todas maneras le respondí, sí, ellos no se encuentran conmigo, yo estoy sola viviendo. Pero porque me preguntas eso, le dije. Sollozado contestó. Yo no tengo padres. Mi madre, hace días que murió, y a mi padre, ni siquiera lo conozco. Abandonó a mi madre cuando se enteró que nuevamente estaba embarazada.
No sabía que decir. Por un momento me quede callada, sin palabras por mencionar. En ese entonces sonó mi celular, quise responder, pero me retuve. Alcé la mirada hacia Jesús que se encontraba contemplando mi rostro. Nos miramos fijamente quise agachar la mirada, pero escuche en voz baja que dijo: tengo que ir a ver a mi hermanita, me estará esperando.
En ese momento, no sabía que hacer, Jesús poseía a las justas unas cuantas monedas en el bolsillo. Con eso tenia que llevar, algo que comer a su casa. El dinero no le alcanzaba, por fin entendí, porque lloraba. Se paró y dio unos pasos hacia adelante y se quedó parado. Rápidamente de un brinco estuve frente a él, y le dije, vamos, te acompaño, él no quiso.
Comenzó a caminar sólo. Yo fui a su atrás. Dio vuelta y me miró. ¿Por que haces esto? Dijo: Quiero ayudarte le respondí. En este mundo nadie ayuda a nadie. Cada quien hace sus cosas, sin que le importe los demás, dijo un poco encolerizado. No pienses eso, siempre en el mundo hay personas que ayudan a las que más lo necesitan. No quisiera que sientas lastimas por mi, ni por mi hermana. Dios arrebató a mi madre, él único ser que nos brindaba alimento y seguridad; ahora estamos solos, pero no te preocupes, ni siestas compasión por nosotros, aunque nos encontremos solos, vamos a salir adelante. Mi madre quería lo mejor, siempre nos decía, que quería tener unos hijos ejemplares, ella querría que estudiemos; hace poco dejé de estudiar. Estoy apoyando a mi hermanita está cursando el segundo de primaria, ella va ha ser una profesional, como quería mi madre.
Ahora me voy, que me hago tarde. Mariela me estará esperando, tengo que llevarle algo que comer. Te acompaño, insistí. No querrás conocer donde vivo. Eso no importa quisiera conocer a tu hermana, nos llevaremos muy bien. Hagamos un trató dijo, me compras todo la bolsa de caramelos y te llevo. Claro, ya quería endulzarme. En cuanto mencione eso -soltó en carcajadas- que graciosa eres señaló.
Entonces son todos tuyos, alcanzándome la bolsa de caramelos.
Agarramos en marcha, fuimos a comprar algo que comer, a buena hora, había sacado dinero par comprar una chaqueta que hace tiempo me apetecía. Entramos a una pollería, pero él se retuvo en la puerta, diciendo, no tengo suficiente dinero para pagar esto. Hay muchacho, esta vez yo invito. Apúrate que nos hacemos tarde…
Se notaba contento por uno minutos, después que salimos de la pollería. Nos dirigíamos a su casa y me comentó, por hoy comeré bien, estaré con la sonrisa de oreja a oreja; pero que será para mañana, siempre seguiré con lo mismo. Lo abrace diciéndole, hay muchacho, esto va ha ser siempre tu angustia. Yo hare lo que pueda para ayudarte, soy una extraña, pero tengo corazón.
No entendía a donde no dirigíamos, estábamos casi llegando a un puente, bajamos unas escaleras, que nos dirigía al riachuelo. Nos acercábamos a una pequeña casa de esteras que se encontraba bajo el puente. Gritó, Mariela ya llegué, abre la puerta; transparentemente una pequeña luz se acababa de encender en aquella casita de esteras. Una pequeña niña salió con una lámpara en la mano, corrió abrazar a su hermano y me miró tímidamente. Ella es una amiga, que quiere conocerte dijo Jesús. Hola preciosa, mi nombre es Carmen, tu hermano me hablo muy bien de ti. Me imagino que tendrás hambre, hemos traído algo que comer, me imagino que te gustará.
Jesús me invito a pasar, miraba mi reloj, era casi la 11 de la noche.
Ya adentro me sentí cómoda. Compartía por aquella noche un plato de comida con esos niños, que se encontraban solos. Como nunca me sentía tan feliz de poder ayudar a esos pobres indefensos que no tenían la culpa de lo que les estaba atravesando. Estuvimos conversando por un buen rato, sin darme cuenta ya era media noche. No podía regresarme a esa hora, porque era muy peligroso. Los niños me dijeron que no preocupara, que podía quedarme con ellos, que si había espacio par dos también lo hay para tres. No me quedaba de otra, acepte su hospitalidad. Me acosté pensando en ellos, me puse a pensar en lo que me había mencionado Jesús, que por hoy, comerán rico, tendrán la sonrisa de oreja a oreja y que iba ha suceder mañana.
La angustia me mataba, no sabia que mas podría hacer por ellos.
El sol reluciente pasaba por los agujeros de las esteras. Me desperté, los niños se encontraban en pleno sueño. No quería despertarlos, ya tenía que retirarme. En una pequeña mesita que se encontraba junto a ellos dejé un billete de 50$, el sueño de comprarme el chaleco se quedo en nada, no me importó, habrá otro día que lo compré insinué.
Las palabras de los pequeños de ser grandes profesionales se cruzaban a cada instante por mi mente, me sentía como si yo fuera la persona indicada de hacerles cumplir aquel hermoso sueño. Todo esto me atormentaba.
No pude más, regrese al lugar donde había encontrado a Jesús, pero no se acertaba con él. Fui hacia su pequeña casa y encontré a Mariela, se encontraba haciendo su tarea, le pregunte por su hermano y me dijo que había salido a trabajar. Pero por que si yo les dije dinero. Me hermano dijo tenia que trabajar, porque necesitábamos dinero, para cuando yo termine la secundaria me ponga en una universidad, par ser una profesional como quería mi madre.
Yarita Camacho Aguilar
(Texto Narrativo)
Al pasar, sus lágrimas corrían sobre su rostro, él se encontraba sentado con las rodillas pegadas al pecho. Me acerqué simultáneamente a preguntarle lo que sucedía; peo él no me contestó.
Eran aproximadamente las nueve de la noche, el frío intenso laceraba nuestra piel. Miraba a alrededor a las personas que cruzaban, atajando su mirada sobre mí murmurando entre ellos. No me importó lo que la gente decía, me senté junto a él, limpié sus lágrimas que ya casi limpiaba su rostro sucio. Le comencé hacer infinidades de preguntas, pero él no me contestaba -que le pasará me preguntaba silenciosamente-. Quería ayudar, pero no sabía cómo. De repente se me ocurrió invitarle a pasear por las desoladas calles de aquella avenida, me miraba con un rostro de angustia; se encontraba un poco atemorizado. Me paré y él no dejaba de perderme de vista.
Agarró una pequeña bolsa de caramelos que tenía en manos y se paró; a donde vamos preguntó con una voz un poco ronca. Bueno soy nueva por acá, así que conozco muy poco,- le respondí airosamente-. ¡No conoces!, que pena por ti, y así estás andando sola por este lugar que es muy peligro ¿de dónde eres preguntó? poniéndose en marcha.
“Soy de un lugar muy lejos he venido para estudiar”. “Que bien” -dijo el niño. ¿Como te llamas? Le pregunte. Jesús como mi padre. Bonito nombre le dije, y arrancó una sonrisa - Por fin lo vi sonreír-. Nos acercábamos a un pequeño parque, pasábamos por una esquina y vimos una pareja de esposo con dos hermosos niños que jugaban sobre ellos; noté que su mirada se opacaba y comenzaron a caer nuevamente lágrimas que cubrían su rostro. Corrió hasta la otra esquina del parque y se quedó parado, volteando la mirada. Fui hacia él. En seguida le pregunté que sucedía. De igual manera con en el anterior, no me contestó.
Tomé su mano y lo lleve a una banca que precisamente se encontraba frente a nosotros. Ahí, Jesús me preguntó si tenía padres. No entendía por que me hacía esa pregunta; pero de todas maneras le respondí, sí, ellos no se encuentran conmigo, yo estoy sola viviendo. Pero porque me preguntas eso, le dije. Sollozado contestó. Yo no tengo padres. Mi madre, hace días que murió, y a mi padre, ni siquiera lo conozco. Abandonó a mi madre cuando se enteró que nuevamente estaba embarazada.
No sabía que decir. Por un momento me quede callada, sin palabras por mencionar. En ese entonces sonó mi celular, quise responder, pero me retuve. Alcé la mirada hacia Jesús que se encontraba contemplando mi rostro. Nos miramos fijamente quise agachar la mirada, pero escuche en voz baja que dijo: tengo que ir a ver a mi hermanita, me estará esperando.
En ese momento, no sabía que hacer, Jesús poseía a las justas unas cuantas monedas en el bolsillo. Con eso tenia que llevar, algo que comer a su casa. El dinero no le alcanzaba, por fin entendí, porque lloraba. Se paró y dio unos pasos hacia adelante y se quedó parado. Rápidamente de un brinco estuve frente a él, y le dije, vamos, te acompaño, él no quiso.
Comenzó a caminar sólo. Yo fui a su atrás. Dio vuelta y me miró. ¿Por que haces esto? Dijo: Quiero ayudarte le respondí. En este mundo nadie ayuda a nadie. Cada quien hace sus cosas, sin que le importe los demás, dijo un poco encolerizado. No pienses eso, siempre en el mundo hay personas que ayudan a las que más lo necesitan. No quisiera que sientas lastimas por mi, ni por mi hermana. Dios arrebató a mi madre, él único ser que nos brindaba alimento y seguridad; ahora estamos solos, pero no te preocupes, ni siestas compasión por nosotros, aunque nos encontremos solos, vamos a salir adelante. Mi madre quería lo mejor, siempre nos decía, que quería tener unos hijos ejemplares, ella querría que estudiemos; hace poco dejé de estudiar. Estoy apoyando a mi hermanita está cursando el segundo de primaria, ella va ha ser una profesional, como quería mi madre.
Ahora me voy, que me hago tarde. Mariela me estará esperando, tengo que llevarle algo que comer. Te acompaño, insistí. No querrás conocer donde vivo. Eso no importa quisiera conocer a tu hermana, nos llevaremos muy bien. Hagamos un trató dijo, me compras todo la bolsa de caramelos y te llevo. Claro, ya quería endulzarme. En cuanto mencione eso -soltó en carcajadas- que graciosa eres señaló.
Entonces son todos tuyos, alcanzándome la bolsa de caramelos.
Agarramos en marcha, fuimos a comprar algo que comer, a buena hora, había sacado dinero par comprar una chaqueta que hace tiempo me apetecía. Entramos a una pollería, pero él se retuvo en la puerta, diciendo, no tengo suficiente dinero para pagar esto. Hay muchacho, esta vez yo invito. Apúrate que nos hacemos tarde…
Se notaba contento por uno minutos, después que salimos de la pollería. Nos dirigíamos a su casa y me comentó, por hoy comeré bien, estaré con la sonrisa de oreja a oreja; pero que será para mañana, siempre seguiré con lo mismo. Lo abrace diciéndole, hay muchacho, esto va ha ser siempre tu angustia. Yo hare lo que pueda para ayudarte, soy una extraña, pero tengo corazón.
No entendía a donde no dirigíamos, estábamos casi llegando a un puente, bajamos unas escaleras, que nos dirigía al riachuelo. Nos acercábamos a una pequeña casa de esteras que se encontraba bajo el puente. Gritó, Mariela ya llegué, abre la puerta; transparentemente una pequeña luz se acababa de encender en aquella casita de esteras. Una pequeña niña salió con una lámpara en la mano, corrió abrazar a su hermano y me miró tímidamente. Ella es una amiga, que quiere conocerte dijo Jesús. Hola preciosa, mi nombre es Carmen, tu hermano me hablo muy bien de ti. Me imagino que tendrás hambre, hemos traído algo que comer, me imagino que te gustará.
Jesús me invito a pasar, miraba mi reloj, era casi la 11 de la noche.
Ya adentro me sentí cómoda. Compartía por aquella noche un plato de comida con esos niños, que se encontraban solos. Como nunca me sentía tan feliz de poder ayudar a esos pobres indefensos que no tenían la culpa de lo que les estaba atravesando. Estuvimos conversando por un buen rato, sin darme cuenta ya era media noche. No podía regresarme a esa hora, porque era muy peligroso. Los niños me dijeron que no preocupara, que podía quedarme con ellos, que si había espacio par dos también lo hay para tres. No me quedaba de otra, acepte su hospitalidad. Me acosté pensando en ellos, me puse a pensar en lo que me había mencionado Jesús, que por hoy, comerán rico, tendrán la sonrisa de oreja a oreja y que iba ha suceder mañana.
La angustia me mataba, no sabia que mas podría hacer por ellos.
El sol reluciente pasaba por los agujeros de las esteras. Me desperté, los niños se encontraban en pleno sueño. No quería despertarlos, ya tenía que retirarme. En una pequeña mesita que se encontraba junto a ellos dejé un billete de 50$, el sueño de comprarme el chaleco se quedo en nada, no me importó, habrá otro día que lo compré insinué.
Las palabras de los pequeños de ser grandes profesionales se cruzaban a cada instante por mi mente, me sentía como si yo fuera la persona indicada de hacerles cumplir aquel hermoso sueño. Todo esto me atormentaba.
No pude más, regrese al lugar donde había encontrado a Jesús, pero no se acertaba con él. Fui hacia su pequeña casa y encontré a Mariela, se encontraba haciendo su tarea, le pregunte por su hermano y me dijo que había salido a trabajar. Pero por que si yo les dije dinero. Me hermano dijo tenia que trabajar, porque necesitábamos dinero, para cuando yo termine la secundaria me ponga en una universidad, par ser una profesional como quería mi madre.

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